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La ética como base del ejercicio del periodismo
Lunes 30 de Mayo de 2011 00:00

Desde el universo de las prácticas,
otra mirada a los dilemas del mejor oficio del mundo

 
Por Rafael Núñez Grassals

“… en cuanto a hechos acaecidos en el curso de la guerra (del Peloponeso) he considerado conveniente no relatarlos a partir de la primera información que caía en mis manos ni como a mí me parecía, sino escribiendo sobre aquellos que yo mismo había presenciado, o que, cuando me informaban otros, he investigado caso por caso, con toda la exactitud posible”.—Tucídides

“Si alguien ha pensado que el periodismo es un oficio simple y sin riesgos, este libro (‘El zumbido y el moscardón’) bastará para desencantarlo.”—Tomás Eloy Martínez.

Anoche, mientras revisaba mis notas para esta exposición, me topé en la red con un diario digital1 cristiano que tiene debajo del logo una frase poderosamente inspiradora. Dice: “Primero nos ignoraron, luego se rieron de nosotros, después nos atacaron…; entonces vencimos.”

En una sociedad que se ha puesto de espaldas a los valores de la buena convivencia y que aprecia más el tener que el ser, es cada vez más patente que para dar la batalla por la ética necesitamos de la misma paciencia y de la misma reciedumbre de carácter que en la cita expresión se sugiere.

A pesar de las evidencias en ese sentido, es notorio que la cuestión de la ética en el periodismo se ha mantenido aquí por años en el plano de la especulación moralista, sin comprometerse de manera efectiva en los escenarios donde se desempeña el periodista en situación, con sus alzas y sus bajas, con sus sueños y sus miedos, y donde, incluso, suele experimentar sus alegrías y sus fiestas, pero también sus soledades. El asunto reclama, entonces, un aterrizaje. En tal virtud, presentaré mi exposición desde una óptica que privilegia el criterio de la práctica, opción que me parece útil por las siguientes razones:

• El territorio de la práctica es el escenario común que sirve para validar de modo objetivo cualquier abordaje que pretenda explicar los dilemas éticos del periodismo.

• Esta mirada a la realidad nos permite confrontar las especulaciones moralistas con el hacer cotidiano, lo cual nos coloca frente a las prácticas reales como medida de satisfacción (o no) de la demanda social por el desempeño correcto del oficio.

Además, las razones anotadas me dan pie para acotar el título oficial de esta presentación (“La ética como base del ejercicio del periodismo”) con un subtítulo que ancla mi objetivo en esta frase: “Desde el universo de las prácticas, otra mirada al dilema del mejor oficio del mundo”.

Esto así, porque entiendo que el acto ético no es algo simplemente declamatorio: se instala en un modo de vida; por tanto, se objetiva en acciones concretas.

Desde esa perspectiva, intento acercarme al periodista en situación, referencia obligada no sólo para hablar con propiedad del problema que nos ocupa, sino –y sobre todo-- para que pueda el interesado pensar su propia condición de existencia profesional, referir los resultados a su propia conciencia y emprender, si fuera de lugar, acciones transformadoras de su propio entorno laboral.

Como pueden ustedes advertir, el enfoque que propongo está asociado al compromiso y a los riesgos que de éste se derivan.

En ausencia de compromiso, la ética periodística pierde el encanto de la eficacia, se agota en el discurso y, para todos los fines prácticos, pasa a convivir con su negación, las situaciones y acciones no-éticas, en un ejercicio de generosa apariencia angelical que ya Marcuse2 se encargó de denunciar en su “Crítica de la tolerancia pura” como un recurso que sirve, “en muchas de sus más eficientes manifestaciones, a los intereses de la represión”. Es decir, una herramienta de control en función de las estrategias del poder.

Mi punto de partida pretende rescatar una premisa radical desafortunadamente ya menospreciada hasta el olvido. Es ésta:

Sin una ética del hacer no hay periodismo cabal. La ética del hacer cuestiona permanentemente la ética que se refugia en el decir, y a menudo la recusa.

Un aserto como el que acabo de enunciar sería inválido sin estos tres pilares:

A. La conciencia ética se crea y se transforma en el hacer. Brota del universo de las prácticas, que es el escenario de las luchas cotidianas por la sobrevivencia, batallas que han de librarse muchas veces en escenarios ostensiblemente hostiles.

B. La resolución objetiva del dilema ético del periodismo se encuentra en el territorio de la práctica del oficio, allí donde realmente los actores aprenden de los riesgos, amenazas e incertidumbres que atenazan sus vidas. Se trata del lugar natural donde discurre la vida y donde se tienen las satisfacciones y premios, pero también del lugar natural donde se experimentan las inseguridades y los miedos.

C. La insistencia en el discurso moral –y solamente en el discurso moral— podría incluso tornarse sospechosa si llegara a ser refugio para cobijo de aquellos que necesitan calmar la mala conciencia resultante de la evasión de sus obligaciones éticas concretas.

Si es verdad que la ética acompaña siempre a los periodistas cabales “como el zumbido al moscardón” , el periodismo no ético deja de ser periodismo y se convierte en impostura, exhibicionismo, propaganda, pose… o adopta otras formas de desviación unas veces graciosamente sutiles y otras descarnadamente seductoras, pero todas con el común denominador de ser bellacamente insidiosas.

La ética es una condición de la información y de su aceptabilidad social, objetivo primario de la acción periodística. Lo que se difunde al margen de las consideraciones éticas pertinentes daña la información: no informa, malforma.

Objeto de la ética

El objeto de la ética son las relaciones humanas. Idealmente, es decir, en su aspiración más elevada, el objeto de la ética procura identificar (y activar) las mejores prácticas para asegurar las mejores garantías de las mejores relaciones humanas.

El logro de ese propósito sería ya subversivo en un sistema que, como ha advertido acertadamente Eduardo Galeano, necesita “aislar a los hombres para dominarlos mejor” y, con esa finalidad, “reduce las relaciones humanas al miedo, la desconfianza, la competencia y el consumo”, tal y como lo reclama insistentemente el totalitarismo del mercado.

En esa tensión, en medio de la cual el periodista despliega su trabajo, el comportamiento ético ideal comienza con la pregunta por lo bueno.

¿Qué es lo bueno?

La respuesta a esta pregunta fundamental de la ética coincide con lo que en el tráfago del oficio se reconoce como lo correcto, a partir de un sistema de valoraciones no siempre explícito ni previamente discutido con los periodistas y en cuya activación --muchas veces apenas coyuntural-- intervienen diversos actores sociales, en ocasiones ajenos al periodismo.

Esto último hace patente el riesgo de un recorte de lo correcto para forzar su adaptación a los intereses coyunturales de determinados actores.

Bien entendido, sin embargo, lo correcto propone un modelo de comportamiento que procura enriquecer la relación y cohesionarla, por cuanto se identifica con la acción justa, reivindica la equidad, reconoce al otro en la plenitud de su dignidad, previene el daño o lo enmienda si ha llegado a consumarse.

Si distinguimos entre la ética teórica (el discurso moral) y la ética práctica (la que resuelve sus dificultades en el hacer), probablemente tendríamos un acercamiento objetivo a los dilemas reales del periodista y, probablemente también, haríamos avanzar la discusión hacia territorios más mundanos y, por consiguiente, de mejores posibilidades de control por nosotros mismos desde nuestra particular inserción en el entramado de los medios.

Otras preguntas que nos acercan a lo bueno

La pregunta por lo bueno tiene, obviamente, un carácter general, abstracto. Quizá convenga a nuestros fines ensayar modos de reducirla a dimensiones más fácilmente manejables, lo que implica un retorno a lo concreto, un rodeo que nos permita recuperar la diversidad de relaciones que se sintetizan en la industria de la información y que determinan las características del periodismo realmente existente.

Con esa finalidad, procede explorar otras preguntas, algunas de las cuales se han incrustado a golpes en la vorágine del oficio e inducen al periodista a pensar sus propias condiciones de existencia y, como resultado, a reconocerse en situación:

  1. ¿Para quién trabaja el periodista?
  2. ¿Cuáles son los ejes de fuerza que determinar sus decisiones éticas en cada caso concreto?
  3. ¿Es la ética sólo una cuestión abstracta y, por tanto, propia de la especulación moralista, o se trata de una materia de resolución necesariamente concreta?
  4. ¿Quiénes son los beneficiarios de mantener estos temas en el ámbito de la especulación moralista, de la abstracción, sin esforzarse por descender a los escenarios concretos en los que el criterio de la práctica es, siempre, determinante?

Detengámonos en la primera de esas preguntas y examinemos sus implicaciones más allá de la apariencia:

¿Para quién trabaja el periodista? Es en los límites de escenarios laborales concretos, observables y definibles donde el periodista ha de encontrar (o por lo menos buscar) una respuesta práctica a su pregunta teórica por lo bueno, a los fines de orientar su acción en el marco de lo correcto, lo cual equivale a ponerse en condiciones de efectuar, sin sobresaltos ni estridencias, el acto ético que las circunstancias demandan. No más, pero tampoco menos.

He dicho “sin sobresaltos ni estridencias”, con lo que quiero significar la necesidad de incorporar el comportamiento ético a las prácticas rutinarias del oficio como una dimensión no sólo deseable, sino de realización automática e indefectible, lo que nos evitaría la desgracia de que una cuestión de tanta envergadura continúe atrapada en el espectáculo.

Las respuestas

Esa sencilla pregunta (“¿Para quién trabaja el periodista?”) abre por lo menos tres posibilidades de respuesta al parecer igualmente sencillas, pero en esencia de grados distintos de problematización y, por tanto, de utilidad y alcances también distintos a la luz del criterio ético:

  1. El periodista trabaja para sí mismo.
  2. El periodista trabaja para la empresa de prensa.
  3. El periodista trabaja para la sociedad.

Cada una de esas respuestas conduce al despliegue de un programa ético diferente, tiene costos diferentes y da lugar a efectos también diferentes. En fin: el acto ético no es gratuito. Tiene consecuencias: cuesta.

***

Exploremos brevemente distintos escenarios posibles en función del tipo de respuesta del periodista a la pregunta planteada (“¿Para quién trabaja el periodista?”)

Escenario 1

En el primer caso (“El periodista trabaja para sí mismo”), tendríamos una situación de egoísmo ético en la cual el fin último de la acción informativa le pertenece al sujeto que propala la información. El que la recibe (el otro) no pasa de ser un objeto, un instrumento.

La instrumentalización del otro es la meta del egoísta ético, puesto que éste sólo busca la afirmación de sí mismo, la afirmación del yo.

El periodista enrolado en la filosofía moral del egoísmo ético usa el periodismo como un escenario para exhibirse, pero sin arriesgar nada que pueda poner en peligro su apoltronamiento, caracterizado por un conjunto de seguridades prestadas, ejemplo ostensible de permisividad democrática y una de las modalidades más insidiosas de inoculación de la pócima de la tolerancia represiva.

En esencia, lo que el egoísta ético postula es:

a) Que las personas deben proceder según las exigencias de su propio beneficio.

b) Que esa es la única forma moral aceptable de actuar correctamente.

c) Que es precisamente esa forma de obrar la única que facilita la adopción (posterior) de acciones para ayudar a los demás. Dicho en una frase resumen, lo que el egoísta ético sostiene es tan simple y grotesco con esto: “Primero yo, después los otros.”

Escenario 2

Nuestra siguiente opción (“El periodista trabaja para la empresa de prensa”) conduce a los mismos resultados, ahora mediatos por el pretexto universalmente cómodo de “los intereses patronales”. Aquí el egoísta ético ha encontrado una eficiente sombrilla protectora de la desviación de la responsabilidad social del oficio de informar, y no vacila en hacer uso de ella ante cualquier circunstancia que demande un compromiso real, involucre otras miradas que signifiquen una alternativa real o sugiera un cambio real de rumbo.

Si la respuesta a nuestra pregunta es que el periodista trabaja “para la empresa de prensa”, estamos privilegiando las políticas de lucro por encima de las políticas de servicio, con lo que nos procuramos una justificación externa a la evasión del compromiso ético, y nos calmamos reconociendo la “superioridad” de las fuerzas que nos oprimen, como si fuera una verdad de a puño que ya nada se puede hacer por el cambio.

Esa postura pasa por alto que el problema a que nos estamos refiriendo implica un proceso complejo activado por tres categorías de actores, cada una de ellas con roles específicos y cada una de ellas con visiones y actitudes diferentes respecto de eventuales políticas de alianza:

a) Los empresarios de la prensa, que se ocupan de la financiación y de la gestión de la empresa. Su meta es el lucro. Por tanto, sus estrategias suelen enfocarse, fundamentalmente, en la maximización de los beneficios pecuniarios que, en tanto tales, no siempre coinciden con las máximas aspiraciones sociales, políticas y culturales.

b) Los periodistas, comprometidos con la gestión de la información como servicio público, cuya demanda la identifica con una definida dimensión política claramente expuesta aun en los enfoques más conservadores: la prensa –se ha repetido hasta la ronquera— es la columna vertebral de la democracia.

c) Los públicos, interesados en la calidad del servicio que reciben, del cual dependen en gran medida las posibilidades de los distintos sectores para entrar en la lid de la participación responsable y erigirse en control social del poder, sea político, económico, religioso o de otra naturaleza. Para todos los fines prácticos, la respuesta favorable a la empresa podría enmascarar un cambio de lealtades que pone en entredicho la afirmación de que el periodista se debe a los lectores.

Escenario 3

La tercera opción (“Los periodistas trabajan para la sociedad”) no está libre de riesgos y problemas de alto calibre, pero abre seductores atajos para solventar de la mejor manera posible los dilemas éticos que pudieran presentarse. Esta última respuesta reivindica el colectivo. Parte de la consideración de que, aun en el ordenamiento jurídico actual, los medios de comunicación se reconocen como empresas privadas de interés público, un híbrido en el que lo social (el interés público) pugna por prevalecer sobre lo individual y lograr que el concepto de servicio sea colocado en el nivel que le corresponde respecto del concepto de lucro y de los privilegios de la apropiación individual de bienes que, como la información, tienen una palmaria importancia estratégica para la democracia.

El principio que subyace a esta consideración postula que ningún interés privado puede obstruir legítimamente la realización de un bien público.

En otras palabras:

La voracidad de ventajas individuales no es razonablemente oponible a la materialización de lo que conviene a todos y a todos nos compete. Esto es consecuente con una mirada de la información como un insumo fundamental para la democracia en tanto construcción colectiva enmarcada en un nuevo tipo de contrato social en el que los periodistas tendrían un papel de primer orden, si –y solamente si-- se mantienen fieles al compromiso profesional de incursionar con las mejores armas en la batalla cotidiana por la gestión de la comunicación, y si incorporan a su ejercicio la atinada observación que hace más de 200 años adelantara Edmund Burke :

“Hay un límite más allá del cual la tolerancia deja de ser una virtud.” Muchos de los graves problemas éticos actuales del periodismo provienen de su gran dependencia del gran capital, y entraron en una fase de agravamiento acelerado cuando los políticos, otrora ventanas de esperanza, decidieron meterse a empresarios y los empresarios descubrieron que les aseguraba mayor rentabilidad ser generosos con los políticos, y toda esa desgracia nacional se ha puesto en marcha en homenaje al totalitarismo del mercado.

Claro está que optar por la respuesta que propongo (“El periodista trabaja para la sociedad”) abre un campo de lucha en el que todos los periodistas cabales están llamados a entrar como soldados de primera línea. De lo que se trata es de reivindicar, ahora y para siempre, los más elevados valores del mejor oficio del mundo, es decir, la libertad, la verdad y la justicia.

Remedio contra la enfermedad infantil del egoísmo ético Sólo conozco uno, bueno para administrarse en dos tomas.

Aquí va:

  1. Acostumbrarse a vivir con poco. La voracidad hace daño: nos asimila al cerdo de engorde.
  2. Concentrarse en las pequeñas cosas que hacen grande al periodismo: un estilo sano de informar, un respeto absoluto por los datos y una inmensa pasión por la ética enfocada en el otro. No se trata de optar entre distintas gradaciones de lo que estimamos bueno, correcto o deseable, sino de escoger sabiamente entre lo mejor y lo peor. En esta encrucijada no hay vuelta atrás: nuestro desafío perenne es seguir siendo periodistas aun en las peores circunstancias. “Podemos deshacernos de una neurosis” –decía Sartre-, “pero no curarnos de nosotros mismos".

Referencias

1. www.fundajeremias.com

2. Este texto de Herbert Marcuse, dedicado a sus estudiantes de Brandeis University, se publicó luego con el provocador título de “La tolerancia represiva”. Había visto la luz originalmente en el volumen “Crítica de la tolerancia pura”, que incluía otros dos ensayos sobre la misma cuestión: “Más allá de la tolerancia”, de Robert Paul Wolff, y “Tolerancia y actitud científica”, de Barrington Moore

3. La comparación la hace Gabriel García Márquez, quien entiende que la ética “no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón”, y la retoma Javier Darío Restrepo, “El zumbido y el moscardón, taller y consultorio de ética periodística”, Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, FCE, México, 2004.

 4. En tanto actores importantes de esa “escuela paralela” que son los medios de comunicación social, nada conviene tanto a los periodistas como “desarrollar una pedagogía de la pregunta” en el sentido que propone Freire, quien se queja de que siempre “estamos escuchando una pedagogía de la respuesta”.

5. Escritor y pensador politico británico al que se le atribuye la frase que identifica a los medios como el “cuarto poder”, aunque hay quienes aseguran que en realidad Burke nunca dijo eso, sino algo que sonaba a desencanto (… al paso que marchan las cosas, el periodismo podría llegar a ser tan importante como el Parlamento). Una distorsión temprana del periodismo derivó en la metáfora, convertida después en clisél, que presenta a la prensa como el “cuarto poder del Estado”. Bernardo M. Hernando (2002), “El mito del cuarto poder en los tiempos de las torres gemelas”, Estudios sobre el mensaje periodístico, No. 8: 43-62